miércoles, 21 de noviembre de 2012


La justicia por la mano

Aquellos que tiene fama de honrados en la ciudad,
me robaron tanta blancura que yo tenía;
me echaron estiércol en las galas de un día,
la ropa de diario me la pusieron en tiras.

Ni piedra dejaron en donde yo viviera;
sin hogar, sin abrigo, vagué por las huertas;
al raso con las liebres dormí en los campos;
mis hijos…, ¡mis ángeles…! Que tanto yo quería,
¡murieron, murieron con el hambre que tenían!

Quedé deshonrada, me mancharon la vida,
me hicieron un lecho de tojos y zarzas;
y en tanto, los zorros de sangre maldita,
tranquilos en un lecho de rosas dormían.

-¡Salvadme, o, jueces!- grité…¡locura!
de mí se burlaron, me vendieron la justicia,
-buen Dios, ayúdame- grité, grité aún…
tan alto que estaba, el buen Dios no me oyera.

Entonces, cual loba doliente o herida,
de un salto con rabia cogí la hoz,
rondé despacito…¡ni las hierbas sentían!
Y la luna se escondía, y la fiera dormía
con sus compañeros en cama mullida.

Los miré con calma, y las manos extendidas,
de un golpe, ¡de uno solo! Los dejé sin vida.
Y me senté contenta, al lado de las víctimas,
tranquila, esperando por el alba del día.

Y entonces…, entonces se cumplió la justicia:
yo, en ellos, y las leyes, en la mano que los hiriera.

Traducción libre del poema: “A xustiza pola man” de Rosalía de Castro

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