viernes, 15 de marzo de 2013

Un pedazo de sol


Todo era oscuridad. El gélido viento matinal arañaba mis mejillas rosadas. Mis piernas caminaban sin que yo controlase la dirección que tomaban. Mis ojos, mis ojos no querían abrirse, no tanto por el cansancio que fatigaba mi cuerpo, sino por el temor de ver el mundo empañado por el dolor de mi corazón.

Un calor casi imperceptible acarició mi rostro.
Y abrí los ojos.

Abrí los ojos y descubrí que el día había ganado a la noche, la luz a las tinieblas. En el cielo habitaban nubes púrpuras, naranjas y rosas que reflejaban sus colores al mar. Paseando por la orilla de la playa las olas lamieron mis pies descalzos del mismo modo que las heridas de mi alma cicatrizaban. De entre las nubes de infinito cromatismo se abría paso el sol. Un sol dorado, poderoso, inalcanzable y hermoso. Y mientras sus rayos llegaban hasta el fondo de mi corazón, una sonrisa de esperanza surgió de entre mis labios.